EL COMPORTAMIENTO QUE SE APRENDE

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Como veíamos en el anterior post, el comportamiento animal viene en parte determinado genéticamente, pero estos rasgos son modulados por el ambiente y en algunos casos intervienen fenómenos como la impronta o el aprendizaje.

El aprendizaje consiste en la modificación de un comportamiento por la experiencia o la observación, por lo que es muy dependiente del ambiente. La habituación y la sensibilización son dos tipos de aprendizaje. En el primer caso, consiste en la exposición continuada del animal ante un estímulo hasta que la respuesta pasa a ser simplemente ignorar el estímulo. Por ejemplo aves que viven en zonas urbanas están acostumbradas a ruidos que para un ave que viva en zonas más externas pueden suponer una mayor señal de peligro al no estar habituadas a ellos.

La sensibilización es algo más compleja: consiste al contrario que la habituación en reforzar la respuesta ante un estímulo debido a la presentación de un segundo estímulo nocivo.

Otro ejemplo de aprendizaje de un comportamiento es la impronta: esta es la adquisición de un patrón de comportamiento estable en un animal joven por exposición a un estímulo concreto durante un período que se denomina crítico en el crecimiento. Es necesario que la exposición ante el estímulo sea justo en este período, sino el comportamiento no se adquirirá. Esto lo habréis podido observar en los patitos o los pollitos cuando nacen del huevo. Siguen a su madre, a no ser que nazcan en una incubadora o alejados de ella y optarán por tomar como madre a aquella que les cuide en ese momento. Esto ocurre cuando criamos animales en cautividad separados de sus madres, se dice que quedan troquelados o improntados.

Esto es un factor muy importante a tener en cuenta para la elaboración de cualquier programa de conservación. Hay que ser conscientes de que estos animales criados por el ser humano (en algunos casos no hay más remedio), si quedan improntados, entenderán al ser humano como su madre, y por tanto no podrán ser liberados en el medio natural. Quedan condenados a vivir en cautividad porque si en el medio natural aparece un ser humano (al que por naturaleza deberían temer), se acercará ya que para él es una figura habitual. Además, en caso de caza furtiva es totalmente contraproducente puesto que se acercarían a los cazadores sin miedo.

Por otro lado ciertos comportamientos que necesitan aprender para vivir en libertad quedarían prácticamente «desaprendidos» por lo que si se trata con estos animales en cautividad y se pretende una reintroducción hay que cuidar hasta el mínimo detalle para que quizás una segunda generación de estos pueda realmente nacer en el medio natural y sea una reintroducción efectiva.

Para que entendamos lo importante de la fase crítica, os explico un experimento que explica claramente el concepto: los machos de los gorriones de corona blanca (Zonotrichia leucophrys) tienen un determinado canto territorial diferente a otras especies. El período crítico para aprenderlo es entre los 10 y 50 días después de nacer, cuando aprenden a cantar. Si el gorrión crece aislado de otros congéneres de los que pueda escuchar el canto no lo aprenderá y no será capaz de realizarlo. Por otro lado si escucha los cantos aunque sean en grabaciones, en estado adulto podrá realizarlo sin problema y entender el mensaje cuando lo emitan otros gorriones.

Esto es un ejemplo de que con mucho (muchísimo) mimo en cada detalle, ya existen técnicas que permiten la reintroducción de especies, de las que en ocasiones es necesario reproducir en cautividad por su gran peligro de extinción, basadas en el conocimiento de su etología, recreación de hábitats y continuos seguimientos de los individuos antes y después de la reintroducción.

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