NOA Y LOS JAGUARES

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Una de las cosas buenas que me está dando BRUTAL es conocer a mucha gente con proyectos interesantes o que tienen cosas que decir y contar. Muchas veces l@s científic@s estamos demasiado metidos en nuestros trabajos, publicaciones, etc y se nos olvida lo importante que es contar lo que estamos haciendo a l@s demás. Por eso quiero volver a dejar un espacio a otra joven científica. Se llama Noa González Borrajo, y aquí os dejo su aventura entre jaguares:

“-¿Y a qué te dedicas?- pregunta a la que una responde: “a estudiar jaguares y pumas”. -¡Ostras qué guay! ¿y viste muchos?- “Bueno, más bien me dedico a buscar sus cacas”. Y entonces, la cara de la otra persona se convierte en un gesto de sorpresa y risa. Y al final nos reímos juntos.

Creo que he respondido a esta pregunta y visto esa cara cientos de veces a lo largo de los últimos años (coger incontables blablacars ayuda). Y, por supuesto, me siento orgullosa de ser “cacóloga” como me llaman algunos. Porque lo que mucha gente no sabe, es que por medio de los excrementos podemos saber muchísimas muchísimas cosas de la fauna que nos rodea, sin tener que molestarla un mínimo. Es una técnica no invasiva a la que recurriría una y otra vez si necesitara responder a muchas de mis preguntas.

Empecé a trabajar en mi tesis más perdida que un pulpo en un garaje, sin saber por dónde empezar y sintiendo que todo se me hacía enorme, pero con la motivación por las nubes, llena de energía e ilusión. Era todo nuevo, pero yo podía con eso y mucho más. Lo recuerdo como si fuera ayer: mi primer trabajo como becaria fue comprar 8 collares GPS para poner a 4 jaguares y 4 pumas y hacer un seguimiento de ellos durante un año; y para ello tenía unos cuantos miles de euros. ¡Qué responsabilidad, madre mía!. Me dediqué semanas a buscar información sobre todos los tipos de collares que existían, con sus pros y sus contras, y al final me decidí por los dos tipos que más me convencían. Y llegaron. ¡Eran alucinantes! No paraba de pensar que algún día ese collar me daría un montón de información sobre los movimientos de un jaguar o un puma, y lo sabría todo sobre su vida.

Durante los 5 años en los que hice mi tesis doctoral, he recorrido cientos de kilómetros por las selvas de México, Brasil y Belice y recogido cientos de excrementos. He aprendido mucho sobre carnívoros y felinos, pero sobretodo, crecí a nivel personal como creo que ninguna otra experiencia me hubiese permitido.

La primera salida de campo fue a México. Preparé todo el equipaje básico y material para recoger excrementos (bolsas de plástico, y sílica). Además, íbamos a llevar los collares y un rifle teledirigido desarrollado por mi director de tesis (un método novedoso para poder capturarlos y poner los collares reduciendo el estrés al máximo, evitando tener que usar lazos o perros que los persiguieran; Palomares, 2018). Y llegó el día del viaje, todo preparado… ¡y al avión! Llegamos al DF y ¡comenzaron las aventuras! Nos pusimos rumbo a Sinaloa. Alucinante, fueron 3 días de muestreos únicos, entre cactus como los de las películas y gente maravillosa, que me enseñaron a valorar las pequeñas cosas de la vida, y a hacer tortillas! (el pan de los burritos, ¡no una tortilla de patata!). Recogimos excrementos de carnívoros (los análisis nos dirían de quién en un futuro). A la vuelta, tuvimos un “pequeño” percance, y un accidente de coche nos llevó de vuelta a Sevilla sin poder continuar nuestro muestreo (la imagen de la maleta llena de excrementos abierta y todos desperdigados por la carretera nunca se me borrará, aunque pudimos recuperar la mayor parte de ellos).

Unos meses después nos pusimos rumbo a Brasil, esta vez a muestrear una zona exclusiva de pumas, una plantación de eucaliptos relativamente cerca de San Paulo. Allí estuvimos casi tres semanas muestreando excrementos de carnívoros (a parte de pumas, podíamos encontrar lobos de crin, entre otros). Además, encontramos algo que nos llamó la atención: había varias zonas donde nos encontramos decenas de arañazos relativamente juntos, algo que no se había visto previamente en esta especie (y conseguimos un vídeo de un puma arañando y soltando un excremento en esa misma zona, ¡qué emoción!). Así que empezamos a registrar todos los arañazos que encontramos, medirlos y apuntar su localización. ¿qué saldría de analizar esos datos? ¿conseguiríamos encontrar algún patrón?.

El Edén

La siguiente expedición fue de nuevo a México, pero esta vez a una zona de Yucatán, relativamente cerca de Cancún, llamada “El Edén” (y tal como su nombre lo dice, era un auténtico paraíso). Allí estuve tres meses de muestreo, acompañada de gente maravillosa que trabajaba en la reserva y de Simón, un cocodrilo tuerto que pasaba la temporada seca al lado de nuestro refugio (y que en cuanto cayeron las primeras lluvias, desapareció en busca de su compañera). La experiencia allí, además de recoger excrementos y registrar arañazos, me permitió ver el comienzo de la temporada de lluvias, y con ella la explosión de anfibios de la primera noche de diluvio, donde varias especies salieron simultáneamente a reproducirse; noche que pasé acompañada de un concierto de cantos de anfibios que creo que nunca volveré a escuchar. Esta experiencia también me permitió ver un puma (el único felino que vi a lo largo de estos años), encontrar un arañazo (¿de jaguar o de puma?) en la puerta de mi refugio, aprender a cortar palmeras con machete, y saber lo que es el nirvana estando al atardecer en una hamaca leyendo el libro con los sonidos de la selva de fondo.

Y al fin, llegó el último muestreo, el último viaje y la última aventura. Esta vez, en Belice. -¿Belice? ¿Eso dónde está?- Sinceramente, nunca había escuchado ese país hasta que leí cosas sobre los jaguares de allí. De ese país chiquitito, entre México, Guatemala y Honduras, donde se habla ¿inglés? o criol, y castellano, y donde cada esquina es un mundo. Los americanos lo conocen por sus “Cayes”, islas paradisíacas caribeñas, pero el interior, la selva, es alucinante. De hecho, todo el mundo decía que no habías estado en la selva hasta que tenías un Botfly (esos gusanos que crecen en la carne que dan un poco de repelús), y sí, allí pillé no uno ni dos, si no unos cuantos (el primero se llamó Gusiluz, los siguientes ya no tenían nombre, pobriños…). Fueron tres meses intensos, de muestreos en selva pura, muchos excrementos, arañazos y fotos de cámaras trampa, y muuuchos km caminados. Casi piso una pitón, dormía con el sonido de los monos aulladores, me duché con un escorpión mirándome en el techo, se me cayó un murciélago en la cama mientras dormía, casi me comen las hormigas (cuando me desperté se habían comido parte de la pata del cabecero de mi cama), vi un coatí, y vi a gente en chanclas por la selva. Pero es una experiencia que no cambiaría por nada del mundo.

Pero claro… todo lo que acabo de contar es la parte divertida de la tesis ¿Pero y el resto?. Entre muestreo y muestreo tocaba muuuuucho laboratorio, en el que primero pelaba las cacas para poder extraer el ADN (sí, leísteis bien, las pelaba, como una patata). Posteriormente, con ese ADN podía identificar especie (jaguar, puma u ocelote), sexo e individuo. Y después tocaba analizar (¡Bendito ¿maldito? R! ese programa de estadística que a veces amas y a veces odias); para finalmente poder escribir los artículos tan necesarios en la dura carrera investigadora. Analicé patrones espacio-temporales y distribución de excrementos y arañazos, hice una revisión bibliográfica sobre la información disponible sobre la ecología espacial de los grandes felinos americanos y analicé las diferentes variables que podrían influir en la degradación de los excrementos (como la temperatura, vegetación o precipitación)

¿Y qué pasó con todo esto? Pues de todo esto salió una tesis doctoral y una gran experiencia personal, que me enseñó muchas cosas, sobre la naturaleza, sobre cómo afrontar diferentes problemas, cómo sacarte las castañas del fuego, y cómo ser un poquito mejor persona. Y a adorar las cacas, porque ahora cada vez que voy por el campo no puedo levantar la mirada del suelo buscando esos excrementos que tanto nos dicen de todos los animales que nos rodean…

¡Ah! Y por si os lo preguntabais… al final, no conseguimos colocar ningún collar, porque al final ellos sabían más que nosotros y conseguían evitarnos a toda costa… aunque sé que se sigue intentando, yo no pude tener esa suerte. ¿Igual en un futuro? 🙂 “

Mucha suerte Noa en tus próximos proyectos!

Sara.

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