DE UNA PRIMATE HUMANA A UNA ORUGA

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Pronto hará medio año que dimos un giro a nuestra vida. Esto no tiene nada de admirable, no somos los únicos que se atreven a algo así, y además hay otras cosas hacia las que mostramos una valentía más, podríamos decir, necesaria. El hecho es que con dos hijos y dos perras y profesiones que se orientan al respeto al mundo animal, nos propusimos acercarnos a lo que defendemos como vital: conectar con lo que somos, animales, y vincular mejor con la madre naturaleza. Pero no me propongo comentaros los beneficios que nos ha supuesto esta nueva proximidad a nuestros orígenes, sino ahondar en los miedos, en los que también profundizaré en futuras publicaciones.

El diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española (RAE) nos define «miedo», y esta es la acepción que me convence más, como «recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea». La vida en la ciudad nos aleja o nos evita algunos miedos así como nos hace vivir otros. Nuestro nuevo hogar, situado a dos pasos del bosque, me ha brindado la oportunidad de conocer a un animal propio de esta época. Me refiero a la oruga, concretamente a la oruga procesionaria. Cuando llega la primavera, o a finales de invierno, descienden en fila al suelo y se entierran. De las crisálidas salen en verano las mariposas, que se aparean y ayudan a comenzar de nuevo otro ciclo. Debido al calentamiento del planeta los tiempos se acortan y estiran, y el avance de esta oruga se ha favorecido de ello. Descubrimos con mis hijos por sorpresa varios caminos de orugas procesionarias, cuerdas de pelos y con curvas desiguales que pintaban de tonos anaranjados, amarillentos y grises el césped artificial. Muchas otras, las que se habían independizado del grupo, agonizaban alejadas de sus congéneres. Algunas, al no encontrar dónde enterrarse, se quedaban ahí a la intemperie, deteriorándose.

Orugas en procesión en mi casa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Estos días he leído mucho en relación a estas orugas, porque suponen un riesgo serio para las personas y animales debido a sus finos pelos, donde ocultan su veneno. Buscar información en internet, como sucede en ocasiones, no me ha ayudado pues ha acrecentado mis miedos; pero me ha ayudado a reflexionar en relación a en qué momento decidimos plantearnos, y por qué, eliminar animales que forman parte de la naturaleza, algunos antes que nosotros, por los daños o riesgos que nos pueden ocasionar. Somos nosotros los que habitamos allí donde ellos reinan. No quiero dar a entender que nos dejemos invadir por insectos que suponen verdaderas plagas en hogares, lugares de trabajo, escuelas… pero me pregunto quién nos dio la varita del poder para tomar decisiones de esta envergadura, hacer desaparecer animales y también crearlos (reproducirlos artificialmente), o si realmente estamos tratando a los animales y a la naturaleza tan bien como deberíamos. 

La situación presente nos está dando una bofetada de realidad y nos muestra de nuevo que es necesario que reorientemos y redefinamos nuestra forma de amar a la vida, incluso como concepto.

Mi hija bailando bajo un pino de más de 200 años

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Este post está escrito por Suani Armisen, podéis saber más de su trabajo en su web: https://infanciaprimate.wordpress.com

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