UNA LUCHA MUY ANIMAL

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Cada tarde, en la sala de juegos de mi consulta, donde ejerzo como psicoterapeuta infantojuvenil, participamos en actividades creativas, leemos, teatralizamos, etc. para gestionar nuestras emociones, compartir nuestras experiencias, sintonizar con nuestra persona y con los demás. A ello se añaden sesiones de conexión con la naturaleza, y salimos al exterior, nos sentamos en el suelo, conversamos, observamos lo que nos rodea, escuchamos el silencio. Mientras en nuestro microespacio nos acercamos a nuestra alma primate, noticias como la de la empresa Vivotecnia evidencian que debemos seguir luchando pues determinados adultos basan su forma de actuar en una crueldad y despotismo hacia los animales que es tremendamente sorprendente a la vez que desilusionante. 

Imagen de macaco en laboratorio de Vivotecnia. Foto de Carlota Saorsa

 

Suerte de las instituciones, santuarios, protectoras, etc. que dan voz a los animales maltratados por Vivotecnia, cuántos de ellos habrán muerto en estos años, cuántos estarán camino de la muerte o sufriendo… Organizaciones como Cruelty Free International, personas como Lluvia Rojo o Ismael Dobarganes de la Fundación Santuario Gaia se han posicionado, son apasionados (¡qué bien!), y han hecho posible, junto a miles de personas más, orientarnos hacia el cambio. Estoy segura de que conseguiremos un futuro mejor al focalizar la atención y no perder de vista nuestro entorno, el suelo que pisamos, el respeto a quiénes fuimos, nuestros orígenes, la madre naturaleza, que nos ha dado la vida, y quizás perdonemos algún día a los que olvidaron que son también animales, que forman parte de un todo, de una familia, de un concepto general que va más allá de las personas, incluso de nuestra especie. En mi casa hemos hablado del perdón y mi hijo mayor se muestra algo radical. Le convence más responder con rabia o rencor a situaciones de este tipo. Le entiendo, las imágenes que se relacionan con el maltrato animal son como una punzada en el pecho, provocan ahogo, dejan sin aliento. Al mismo tiempo mi hija, quién está a pocos años de vivir el desarrollo hormonal propio de la adolescencia, se muestra más mesurada y está convencida que será bombera, para rescatar a los animales que sufren. 

Mi hija con la bombera Irene Casas

 

En el fondo de sus ojos, de cada uno de ellos, aun partiendo de distintos enfoques en la gestión de las emociones, hay una luz esperanzadora. Confío en ellos y me alegra que se muestren así, como todos aquellos y aquellas a quienes les indigna el maltrato animal y procuran un presente y futuro mejor para nuestros congéneres, porque dejarán una huella más animal y respetuosa del paso de nuestra especie por este planeta.

 

Este post está escrito por Suani Armisen, podéis saber más de su trabajo en su web: https://infanciaprimate.wordpress.com

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